jueves, 25 de octubre de 2012


Taxi Driver 4.0



Lunes, ocho de la madrugada. Popurrí de bocas abiertas y ceños fruncidos que portando sus maletines por el centro de negocios viajan camino de sus jaulas de cemento. Sintonicé  Blues&Rock 67 FM  para que su compañía evitara que la amargura y el conformismo del ambiente contaminaran mi ser.


En la esquina de Weird Avenue con Ambitious Street recogí, entre una marabunta zombi, a un señor orondo con cierto aire altivo. Con sus enormes nalgas (vestidas con la más rigurosa etiqueta, única jugada en la baraja del éxito que podía utilizar) postradas en mi recién lavada tapicería esputó:


- Al Hall Gate. Rápido, no tengo todo el día



No pude disimular la repugnancia que en mi rostro dibujaba la presencia y prepotencia de aquella personificación del mitificado ''Pez Gordo''. Leyendo mis ojos a través del espejo el avaro animal sacó un puro (con tentativa a realizar algo totalmente prohibido en un transporte público). Sin poder apenas reaccionar tuve que centrarme en la carretera y adelantar a un motorista. Instantes después pude ver como de su cartera extraía un puñado de billetes los que encendió a modo de antorcha para chamuscar el extremo de un puro Montecristo. Con una sonrisa malévola, y mientras llenaba toda la cabina de un hedor que recordaba a la carbonilla, tiró los mutilados billetes aún ardientes por la ventanilla.






- ¡Jajajajaja! - continuó riendo cual hiena acechando a su presa moribunda - Jamás podrás disfrutar de los placeres que este saco de grasa al que miras con aversión ha degustado. Mas no te preocupes pobre diablo, pienso dejarte una sugerente propina por las molestias.


Fue hombre de palabra y apiadándose de mí dejó una suculenta propina con la que poder permitirme algo especial para esta noche, algo que pudiese disfrutar en compañía de Lucía.


El resto de la jornada transcurrió con toda normalidad. Unos van, otros vienen. Unos lloran la pérdida de un ser querido o se lamentan por la pérdida de su alma gemela, otros me regalan con sus besos, caricias y toqueteos (algunos más subidos de tono que otros) la cantidad diaria de pornografía que la Asociación de Neurología recomienda.


Hacía siglos que no miraba el móvil. Tres llamadas perdidas y un mensaje:


- Silvio te he intentado llamar.
¿Te apetece cenar?
 Pásame a buscar, estaré en casa. Un beso.



El mensaje era de hace una hora. Con expresión dubitativa cuestioné si sería cierto que, rompiendo la primera regla del código femenino, a mi llegada estaría preparada y lista para salir.



Quería que esa noche fuera especial así que paré en una floristería para comprar una bonita rosa roja, mis favoritas. Con todo listo atravesé la ciudad presto con la ayuda de mi carruaje ambarino.






Aparcando el taxi en su calle crucé mentalmente los dedos deseando que le gustasen los restaurantes italianos, había planeado llevarla al mejor de toda la ciudad para disfrutar sin medida del dinero donado por el grueso profeta del capitalismo.

-  (Din-dong, din-dong.)


Con una sonrisa de oreja a oreja y la ilusión mas grande contenida en mi haber, aguardé a que se abría la puerta. Conforme se despejaba el telón descubrí delante de mí a una princesa destronada. Engalanada de pies a cabeza con un modelito que eclipsaba a mi exótica indumentaria de taxista de barrio con tintes rockeros. La pincelada amarga estaba en su rostro. Con el rímel emborronado por un río de lagrimas y con la voz algo quebrada dijo:





- No preguntes, estoy bien te lo aseguro. Dame cinco minutos para recobrar la compostura.

- Te espero abajo. He traído el taxi.

-  ¡De acuerdo!





Totalmente relajado y sin dar importancia al estado de Lucía, (podría ser cualquier percance...algún asunto familiar; quién sabe...) bajé hacia el taxi para coger la rosa y ,a modo de sorpresa, tratar de encauzar la alegría en su rostro.

A escasos metros del portal pude, a duras penas, escuchar una ronca y desagradable voz que surgía detrás de mí.

- ¿Tiene fuego?


Giré hacia atrás con el fin de ver el rostro de aquél ente fantasmagórico y contestar cortesmente que carecía de fósforo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al ver la gran gabardina que ocultaba a este casi por completo. El enigmático hombre cargó el brazo, dejando parte de su surcada cara al descubierto (no cabía duda era él, el mismo desgraciado del parque), asestando un terrible puñetazo en mi mejilla.

Por el fortuito golpe caí de bruces contra el suelo. Aturdido por la rapidez del ataque trate de incorporarme en vano, mientras el atacante emitía las últimas palabras que mi cerebro recuerda:


- ¡¡¡¡¡Lucía es solo mía!!!!!



En ese momento con una ira propia de un cabestro en su último esfuerzo en el mundo de los vivos asestó un último golpe contra mi cuerpo dejándome sin razón en el suelo.












Para mí se hizo de noche .. cuando te conocí ..
porque yo quemé mi vida ..cuando te conocí.
Me consumiré noche tras noche .. condenado por ti.

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